Altares y Templos

Lugar señalado por arqueólogos bíblicos como el altar de Noé

El primer altar mencionado en la biblia es el que hace Noé (Gn. 8:20), luego de salir del arca. Luego de esto, la Palabra hace mención de altares edificados por su pueblo, para adoración, muchas, pero muchas veces. De estas menciones, destacan dos en particular, un templo “portátil”, el Tabernáculo, Éx 25:8 “Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos.” que era desmontado y armado de nuevo con cada movimiento del pueblo, durante sus cuarenta años de vagar por el desierto, camino a la Tierra Prometida y luego, el templo de Jerusalén o de Salomón, llamado así por la ciudad que lo alberga y por el rey que lleva a cabo su construcción. Y es quien construye el templo en Jerusalén, en cumplimiento a lo anunciado a David, su padre, y para ello dispuso de abundancia de fortuna, sabiduría, paz, etc.

Y edifica un hermoso, magnífico templo, cumpliéndose así la promesa hecha a David, pero también encontramos la profecía incluida para toda la humanidad, que se cumple en Jesucristo. A David, que entiende que su hijo edificará el templo, 2Sm 7:12-13, “Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. El edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino”.

Pero para los cristianos, la profecía es sobre Jesús y si no, lean incluyendo el contexto: 2Sm 7:12-16 “Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. El edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino. Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo….  …Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente.”

Aún en el tiempo de Jesús (más de mil años después) el templo de Jerusalén, era el lugar donde Dios habitaba, y por tanto, el lugar para adorarle, según manifiesta la mujer samaritana hablando con Jesús (Jn. 4:20) “Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.”.

Y… ¡Gloria a Dios! Al responderle, Jesús nos deja una revelación, un anuncio maravilloso: los hombres de su tiempo y posteriores, Su pueblo, le adorará en espíritu y verdad (Jn 4:23-24) “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.”

Esta palabra es, tal vez, la revelación más maravillosa que nos trae la Biblia, ¡somos templos vivientes! donde el sacerdote (Jesús) oficia, si lo permitimos, claro; el templo donde habita nuestro Dios ¡Aleluya! Comenzamos a adentrarnos en la enseñanza, más dulce, hermosa y extraordinaria. Hay que digerirlo bien, nuestro Dios, el Creador, el Proveedor, el Consolador, el Salvador, nuestro único Dios ¡Habita en nosotros!

Es una verdad, hermosa, maravillosa, espléndida, preciosa, intento buscar más calificativos porque me parecen insuficientes, increíble, tanto que necesitamos de la fe por Él provista, para aceptarlo, de Su Luz y Sabiduría para atisbar en ella.

Ahora bien, lo primero es que pesa, duele, pero por la conciencia adquirida de nuestra condición humana, pecadora, nos sentimos indignos y lo somos, pero por Su gracia, este no ser dignos, desaparece. Dios habita en nosotros, no le vamos a visitar dentro de las cuatro paredes de una iglesia, un día a la semana. Habita en nosotros las veinticuatro horas del día, toda semana, mes y año de nuestra vida.

¿Hay dudas? vamos a consultar nuestro catálogo de verdades, la Biblia. Vamos a leer:

Jn 14:16-20 “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros. Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis. En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros.”  ¿más?

Jn 17:23 “Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.” y podemos seguir citando que tal vez  Pablo es más directo

1Co 3:16  “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” 

1Co 6:19 “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros,(C) el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?”

2Co 6:16 “¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, Y seré su Dios, Y ellos serán mi pueblo.”

Ef 2:22 “en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.” 

A ver, ¿exageré? Tal vez, pero quería dejar en claro y sin espacio a dudas que somos templos vivientes y Dios, habita en nosotros.

Y… ahora que lo sabes… ¿Qué vas a hacer en consecuencia?

Los templos de piedra han sido sustituidos por templos en espíritu, según lo anunció Jesús, y la primera gran manifestación de ello es Pentecostés, cuando el espíritu de Dios baja sobre los apóstoles, y se manifiesta a través de ellos según Sus dones.

No comencemos de nuevo, fuera dudas, estas manifestaciones no se limitaron a los apóstoles, ni a Pentecostés.

Pablo anuncia a los romanos 1:11, que desea verlos para comunicarles algún don, a fin de ser confirmados. Cada uno de nosotros, luego de aceptar a Jesucristo como su único Salvador, como consecuencia, adquiere conciencia de lo que Él pasó “por nosotros”, no por Él, y esto nos lleva a arrepentirnos de nuestros pecados, y a ser bautizados, convirtiéndonos en templos vivientes del único Dios, pasando a morar Su espíritu en nosotros. ¡Gloria a Ti, mi Dios! ¡Aleluya!

Ahora bien, si no has recibido a Jesús en tu corazón, y tienes esa necesidad inconfundible de conocerlo y aceptarlo, y deseas adquirir este dulce compromiso, entra a tu aposento y en tu intimidad, levanta tus manos y ora “Señor Jesús, creo en Ti, en tu sacrificio, que no valoraste tu posición primera y por amor a tu Padre y a nosotros, renunciaste a ella y viniste al mundo como siervo, sabiendo que serías humillado, vejado, torturado y llevado a la muerte más humillante, en una cruz, como un delincuente, pero como el Cordero de Dios, para lavar con tu Sangre los pecados de toda la humanidad, y que luego fuiste resucitado por el poder del Padre, como el primero en resucitar de entre los muertos. Creo en Ti, Señor Jesús y en la promesa de salvación, de la cual me apropio, y en ella te pido, ven y habita en mí. Amén.

Luego de esto, continúa en oración, y adora a tu Dios, disfruta de cada minuto que puedas en Su presencia, alábale, gloríale, vívelo.

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Publicado el 18 septiembre, 2011 en Predicad y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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