En el Espíritu

Durante la revisión de Predicad, me tropecé con un comentario dejado por un visitante, administrador de otro blog. Decidí visitarlo para ver el contenido que publicaba, encontré un post que me parecía necesitaba de una respuesta que no supe dar. No encontré las palabras, tampoco sentí la fuerza del Espíritu cuando actúa y estuvo en borrador por 3 semanas hasta hoy. “Yo” no encontré palabras, pero el Espíritu pues sí. Y comencé (más bien, comenzó) a corregir, eliminar y redactar de nuevo.

“Al terminar la lectura, inmediatamente vino a mi memoria la última vez que me sentí así. Hace ya unos cuantos años, en medio de una situación tranquila, económica y familiarmente hablando, sin más complicaciones que las normales de toda familia, pero sin dolores de cabeza económicos, una situación, aunque sin riquezas, diría que holgada. No me olvidaba de Dios, al menos eso creía, porque iba a mi culto los domingos, oraba y alababa a Dios cada vez que me encontraba a solas, leía la Palabra, en fin, parecía que mantenía una buena relación con Dios, sin dejar que lo material se interpusiera. Pero que equivocado estaba (tengan en cuenta que muchas de las cosas que voy a compartirles, incluso para mí serán nuevas, o descubiertas recientemente)

Una noche, en una pequeñita reunión (sólo 3 personas), para el estudio de la Palabra, fui tentado en medio de una acalorada discusión y permití que saliera de mí una frase, que no voy a repetir porque aún me duele. “Arrogancia, soberbia, autosuficiencia, engreimiento, vanidad” la frase puede calificarse con cualquiera de estas palabras pero ninguna la define en solitario.

Sigue siendo mi temor el caer en esta clase de pecado, porque es muy fácil. “Qué bueno su mensaje”, ésta es por ejemplo, una frase inocente pero que podría desencadenar una situación similar, si no estamos en el espíritu y permitimos que la carne usurpe la autoría del mensaje.

Si en aquella época hubiera estado realmente en el espíritu, 1- no me deja caer, 2- de haber caído, el arrepentimiento hubiese sido instantáneo 3- hubiese suplicado misericordia, en el conocimiento de su infinita bondad y en el temor a Él, hasta saberme perdonado, y la justa y necesaria reprimenda, hubiese tenido otra connotación.

Semanas después, recibí revelación (¿saben cuántas veces escuché esta frase? ¿cuántas, añoré recibirla? ¿cuántas, me sonó a cliché? bueno, a lo nuestro) estaba de pié ante la silla de mi escritorio, y de pronto, el piso se abrió bajo mis pies y todo cayó irremediablemente, esa fue la visión; y la interpretación, todo, todo lo que había logrado, lo que tenía, se perdería irremisiblemente.

Y aún después de esto no hice nada de lo que debía, recuerdo haberme arrepentido, pero también recuerdo que fue un arrepentimiento en la carne (un “perdón papá” para evitar el castigo). Dios nos ama y quiere lo mejor para nosotros, como nuestro padre, no quiere que suframos, quiere sentirse orgulloso de nosotros en cada acción, y para ello debe corregir cada vez que sea necesario, a cada uno con la medida necesaria y con el castigo que más duela. O no le duele más al hijo quitarle la TV, o el cyberjuego, o una salida con los amigos, que un castigo físico? Y… ¿no es más efectiva la enseñanza?

Hoy lo veo exactamente como lo que fue, la lección, falté a Mi Proveedor, por causa de lo provisto, porque si, se debió a la “menudencia” que tenía, a la falsa seguridad material que me daba e invadía el terreno espiritual. Entonces necesitaba sentirme desvalido, para recapacitar y ver, mejor dicho, reencontrar esa verdad claramente, sin Él no soy nada, pero “si Dios está conmigo, quién contra mi”

El pecado está oculto detrás de las cosas más inocentes. Por ejemplo, en otro mensaje y refiriéndome al testimonio, decía que tenemos que cuidar bien “que y con quien” testimoniamos, como allí decía, podemos pensar que estamos dando la gloria a Dios por nuestra circunstancial buena situación, y tal vez estamos haciendo que nuestro oyente, dude de su posición ante Dios, del amor que Él siente por él, por lo escabrosa que es su situación en el momento. Y es que, por mucho cuidado que pongamos, siempre vamos a errar, tan sólo con la guía del Espíritu Santo, donde cada palabra nuestra provenga de Él, no cometeremos ninguna falta, en un sentido u otro.

Y regresando a mi historia, no crean que no insistí en mi posición, confié en mis fuerzas, no en Dios, y dupliqué, tripliqué y n-pliqué el esfuerzo para evitar el desastre y vi como todo se volvió sal y agua a pesar de ello, que todo mi mundo se plegó como papel en el agua, arrugándose y desmenuzándose sin remedio, y no hubo nada que pudiera hacer para evitarlo, menos para revertir, para detener o alargar el proceso mientras encontrara la solución, ni siquiera pude evitar continuar hundiéndome.

Cuando me convencí de que no podía, de que era mayor que mi capacidad de respuesta, cuando me rendí, como seguramente lo hace quien lucha contra las aguas y desfallece por el esfuerzo, allí estaba Él, presto para recibirme, perdonarme y mostrarme cuán grande es su misericordia.

¿No peco desde entonces? Ojalá…, si que he pecado, no sería humano si así no fuera [el pecado está presente tras lo “bueno” para la carne (es la máscara que usa con más frecuencia y astucia) y tras lo malo; los humanos somos imperfectos y los cristianos somos humanos en camino a la perfección], pero aprendí que Dios siempre está ahí, a mi lado, que por difícil que se pongan las cosas, por fuerte que sea la tentación, por dura que sea la caída, está ahí, a mi lado, esperando a que lo llame, a que lo busque, que me arrepienta.”

PREDICAD

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Publicado el 4 diciembre, 2011 en Predicad y etiquetado en , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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