¡FALLASTE!

Sabias que no era correcto, y sin embargo, procediste.
Sabias que Dios te lo había advertido con anticipación, y aun así, procediste.
Sabias que con esa decisión te estabas exponiendo a enfrentar consecuencias.
Sabías que al proceder, no tendrías ya más el respaldo de Dios.
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¡Lo sabías!
Por lo tanto, no tienes excusa.
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Ahora te sientes muy mal por haberle fallado a Dios deliberadamente; pero ya, lo hecho, hecho está.
¿Habrá esperanza?
¿Habrá otra oportunidad?
¿Podrá Dios frenar las consecuencias de lo que hiciste?
¡Sí!
Lo hará si reconoces tu error, si le confiesas tu pecado, si te abandonas bajo su GRACIA y MISERICORDIA; y desde luego te propones con la ayuda de su Espíritu, a no retroceder otra vez.
La Sangre de Jesucristo te limpia de todo pecado y maldad.
Para orar, puedes usar como modelo el salmo que escribió David cuando pecó, y aplicarlo a tu propio contexto:
Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.
Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado.
Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí.
Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos; para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio.
He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.
He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría. Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve.
Hazme oír gozo y alegría, y se recrearán los huesos que has abatido.  Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades.  Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.
No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu.  Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente. Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti. Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salvación; cantará mi lengua tu justicia.
Señor, abre mis labios, y publicará mi boca tu alabanza. Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; No quieres holocausto.  Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado;
Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.
Salmo 51:1-17
Ya viste que con tus capacidades naturales no puedes enfrentar las presiones de la vida y las tentaciones.
Ya viste cuán importante es fortalecerte cada día en El Señor para no caer en situaciones de las que después de lamentas.
Que todo esto te sirva de lección para no caer en el mismo error.
Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.
Mateo 26:41
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Publicado por Jose Alfredo Lievano

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Publicado el 24 agosto, 2012 en José Alfredo Liévano y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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