Carta de un pastor preocupado

 Saludos y bendiciones en él nombre del Señor Jesucristo.

Tengo una preocupación muy grande por ustedes, especialmente por ti. Te escribo como pastor y siervo del Señor. Recuerdo que un día en que estábamos en tu casa estuvimos hablando del amor de Jesucristo. Hablamos de la necesidad que hay en toda persona de recibirlo como Salvador y Señor. Hablamos de que Dios escucha especialmente la oración de aquéllos a quienes él considera sus hijos, aquéllos que le han recibido en sus corazones. Ese día tú tomaste la decisión de invitar a Cristo a tu corazón como Señor y Salvador; como aquél que murió en tu lugar y dio el pago por tus pecados delante de Dios. Ese día realmente viniste a ser un hijo de Dios.

Sin embargo, mi preocupación por ti es muy grande porque no has dado seguimiento a esa relación con Dios que comenzó ese día. Sólo piensa en esto: Cuando conoces a alguien, ¿te haces amigo de esa persona inmediatamente o dedicas tiempo a conocer a esa persona antes de que consideres que sea amigo o amiga? Creo que tu respuesta es que pasas algún tiempo conociendo a esa persona antes de, realmente, apreciarla en términos de una amistad.

Nuestra relación con Jesús es así. Necesitamos pasar tiempo con él para conocerle y apreciar lo que hizo por nosotros. No se trata sólo de que él murió por nuestros pecados en la cruz, se trata de conocer por qué lo hizo, de conocer su amor por ti y por mí y por todos. Pero esa relación es personal y cercana. La ventaja que tenemos con Cristo es que él está disponible cualquier momento del día o de la noche, así que no tenemos excusa. Él espera con paciencia a que nosotros vengamos a él en oración, en búsqueda de su presencia, de su rostro, de conocerlo en y a través de las Escrituras. En búsqueda de estar cerca de él, de sentir realmente su amor en nuestras vidas. Ese amor que sólo él puede dar a cada uno en lo personal.

La Biblia habla en la Segunda Carta a los Corintios sobre esa rélación en el capítulo 5. Dice que todos nosotros vamos a presentarnos delante de él un día y que aquéllos que le han recibidos vivirán en su presencia. Ese momento va a ser glorioso, va a ser una experiencia que durará todo el resto de la eternidad.

Imagínate qué maravilloso va a ser estar allá, en el ciélo con los ángeles y con todos aquéllos que también tienen a Jesús como el Salvador de sus vidas, pero lo más precioso es que vamos a estar con Cristo mismo todo el tiempo. Vamos a conocerle como realmente es; como no lo podemos ahora en este cuerpo. Para eso nos ha dado esa certeza por su Espíritu, el cual recibimos el día en que le recibimos como Salvador.

Pero no es lo único que recibimos ese día. También recibimos la responsabilidad de mantener esa rélación con el Señor, ya él dio el primer paso, el más difícil. La realidad de la Escritura es que no se trata sólo de recibir a Cristo, eso es sólo el principio, eso sólo es la puerta por la que entramos a una nueva vida. Allí en 2 Corintios 5 también dice que somos nueva criatura, somos hechos nuevas personas. ¿Para qué? Para comenzar a vivir una vida nueva, diferente. ¿Por qué? Porque ahora estamos EN Cristo, y EN él todo es nuevo; incluyendo esa relación que debemos tener con él.

La pregunta es: ¿Cómo vamos a estar todo el resto de la eternidad con alguien a quien no conocemos? Eso no suena bien ni aquí ni en el ciélo. Jesús vive en nuestros corazones por su Espíritu. Está tan cerca que no tenemos excusa para no mantener esa relación con él, para no crecer y madurar esa relación con él.

Decía hace un rato que tenemos una gran responsabilidad. Casi al final de este capítulo habla de que Dios nos ha dado la encomienda de ser embajadores en su nombre. ¿Embajadores de qué o para qué? Embajadores para que otras personas conozcan del amor de Dios en Cristo como lo hemos conocido todos los que le hemos recibido, incluyéndote a ti. A nosotros se nos ha confiado el mensaje de reconciliación: “de que Dios estaba EN Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados”.

En el último verso de este capítulo nos resume toda la esencia del evangelio: “al que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. Ese es el mensaje del evangelio resumido y simplificado en unas pocas palabras. Por eso es de gran importancia que estemos cerca de él en oración y en continua reconciliación, para crecer en el conocimiento de él, de cuán grande es su amor por nosotros y por todos. Para mantener esa relación que eventualmente durará por el resto de la eternidad.

Espero que esta carta no te ofenda, sino que te anime a seguir adelante y a crecer en tu relación con Cristo. Él dio toda su vida por nosotros y espera que nosotros sólo mantengamos esa relación con él hasta que él venga o nosotros vayamos a él.

En el amor de Cristo,
Tu amigo, el pastor Jaime Massó

OBRERO FIEL

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Publicado el 23 septiembre, 2012 en Jaime Massó. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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