…en espíritu y verdad…

man in praiseJn 4:23  Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en verdad; porque también el Padre tales [adoradores] busca que le adoren.

Jn 4:24  Dios es Espíritu; y los que le adoran, en Espíritu y en verdad es necesario que adoren.

 Jn 14:20 “Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre y ustedes están en mí y yo en ustedes.”

 Jn 17:23 “yo en ellos y tú en mí. Así alcanzarán la perfección en la unidad, y el mundo conocerá que tú me has enviado y que yo los he amado a ellos como tú me amas a mí.”

 Gal 2:20 y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Todo lo que vivo en lo humano lo vivo con la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.

Estos versículos develan el verdadero deseo de Dios. No se trata tan sólo de hacernos libres de pecado y por tanto “merecedores”, por Su gracia y misericordia, de Su perdón. Es bueno recordar esto, Su gracia y misericordia, porque tenemos la tendencia a apropiarnos de las glorias, “que bueno soy”, “sin mí no podría hacerlo”, etc., etc., etc.

En los tres primeros versículos Jesús anuncia el nuevo tiempo, tiempo que vivimos, cuando Dios es adorado en Espíritu y verdad, sin más templo que aquel que cada uno levanta en sí mismo, a fin de recibirle y adorarle haciéndonos uno con Jesús y en Él, con Dios. Puede que parezca complicado, no se trata de entender, se trata de vivirlo y para ello debemos aceptar a Jesús en nuestro corazón, lo hicimos cuando nos convertimos, pero también en espíritu, pedirle que se manifieste en nuestra vida, con su luz, poder y gloria, además debemos ser receptivos y aceptar su dirección.

Cada vez que sintamos la inclinación a hacer algo, que rechazamos porque parece fastidioso o poco atractivo, o falto de interés, incluso comparamos con otra actividad que nos agrada más y preferimos por la empatía que sentimos hacia ella, aún y cuando entendemos que la primera puede provenir del espíritu y la otra no, no nos dejemos llevar por la carne, si obedecemos una y otra vez al espíritu, le estaremos dando mayor dominio del alma (carne-mundo) a Jesús y a Dios a través de Él, permitiendo que nos perfeccione e incidamos en el mundo que nos rodea, haciendo funcionar el plan divino, acercando el Reino.

El cuarto así nos lo indica “yo en ellos y tú en mí. Así alcanzarán la perfección en la unidad, y el mundo conocerá que tú me has enviado y que yo los he amado a ellos como tú me amas a mí”. No cabe duda de que es el fin que persigue Dios a través nuestro, llevar el evangelio a todos los confines de la tierra, sí, pero el evangelio del Reino, el cual Mateo menciona cincuenta veces como el Reino y otras treinta como Reino de los cielos. “…el Reino de los cielos se ha acercado…” palabras que Mateo (4:17) y Marcos (1:15)  oyen de Jesús y nos las refieren.

El quinto versículo proviene de la Epístola a los Gálatas, donde Pablo deja constancia de su sentir, más bien, de su vivir. “y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Todo lo que vivo en lo humano lo vivo con la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.”  Ya no vive él, sino Cristo en él. Acá podemos ver el avance de Pablo que es hacia donde debemos ir, rompiendo cada vez más esa dualidad que nos invade, desde que nos convertimos, esa lucha constante entre el bien y el mal, entre lo que queremos hacer y lo que hacemos, dualidad que aún así no nos abandona, porque si leemos el capítulo 2, desde el versículo 16 al 21, veremos que deja constancia de ello.

Es una dualidad que agobia, de nuevo Pablo se refiere a ello en Romanos Cap. 7 versículos 15-25, cuando expresa en el 24: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”. Estaremos luchando toda nuestra vida, porque este cuerpo es imperfecto y lo seguirá siendo hasta el momento de morir, pero a través de la obediencia a Cristo en nosotros, acercaremos el reino, permitiéndole usarnos como herramientas para ello.

Si no lo hiciéremos, no vamos a perder la salvación, no, pero en lugar de ayudar, seremos un estorbo, porque además podríamos servir de tropiezo, causar comentarios como: “¿es este un cristiano? no veo diferencia, entonces ¿por qué serlo?”, además de perdernos la satisfacción inmensa que trae el vivir en Cristo, el tener la convicción de haber cumplido, de haber obtenido la corona de justicia. 2 Timoteo 4:8 “Desde ahora, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que desean su venida.”.

Predicad

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Publicado el 17 febrero, 2013 en Predicad y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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