PERDÓN

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Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete. Mateo 18: 21-22

Mi prójimo es como yo, imperfecto, seguramente con defectos que tengo, defectos que desprecio e inclusive defectos más tolerables que los míos.

Pero tenemos un listón mental sobre nosotros, ¡altísimo!, no nos vemos defectos a simple vista, y los que vemos no nos parecen gran cosa, pero no somos capaces de acercarnos ni un poquito tan siquiera a ese listón con que medimos a todos los que nos rodean, o que tienen la “suerte” de cruzarse, de alguna forma, en nuestras vidas.

A algunos los toleramos más que a otros, ¿de dónde viene ese favoritismo? generalmente de percepciones externas como apariencia, simpatía, posición económica, fortaleza personal (personalidad, carácter), todo falso, sólo muestran a la carne y son apreciados por la carne.

Otra valoración que comúnmente hacemos es en base a la cultura, educación, formación profesional, otra serie de valores objetables y también carnales.

La única valoración que acostumbramos hacer es, humana, dónde hay, lamentablemente, un inmenso margen de defectos, fallas y errores, pero que no esperamos ni toleramos. A más tiempo compartido, mayor la probabilidad de ser desengañados por el prójimo.

¿Esto significa que no podemos mantener una relación, cualquiera que esta sea, con nuestro prójimo? Hay personas que lo consiguen, que aceptan los defectos y fallas humanamente, que se adaptan, dicen perdonar, pero no olvidan, es más, así lo manifiestan.

Tampoco es la solución, la diferencia la podemos hacer nosotros, los cristianos, viviendo en el espíritu, siendo guiados por nuestro Señor, quien si nos conoce, a nosotros y a nuestros prójimos,y que nos ama profundamente, no esperando la perfección porque sabe que, en la carne, nos está negada. Que nos lleva a aceptar los errores y fallas de los otros, porque se nos revelan los nuestros y el perdón que recibimos, además de sentir a través de Él, el profundo amor del que también somos objeto.

Esto nos llevará a amar con amor ágape, siempre dispuestos a tolerar las faltas y perdonarlas, no con ese “perdono pero no olvido”, que no es más que un rencor hipócrita, que no aceptas como tal, sino que intentas ocultar, ante ti y los demás.

Perdón incluye olvidar, afortunadamente para nosotros Dios perdona  así, ¿te imaginas esta oración? …y Señor te ruego me perdones esta falta y Dios te respondiese, Bueno, pero es que tú no tienes remedio, porque ayer y hace tres días y hace ocho y… lo hiciste y me prometiste enmendarte ¿Y…? además, sucedió igual con esto, aquello y lo otro, y lo otro más… No tendríamos salida, ¿verdad? Dios no espera nada menos que aprender de Él, Jesús nos dio la enseñanza a través de una parábola (Mt 18)

Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas. Mt 18:23-35

Ahora bien, es cierto que desde nuestra carne no lo vamos a lograr, no hay forma humana de hacerlo. Debemos vivir en Cristo, (“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” Gal 2:20), y no es que seremos inmunes al pecado (“Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.” Ro 7:15-19), pero estaremos reuniendo bienes donde son incorruptibles.

Predicad

 

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Publicado el 26 agosto, 2014 en Predicad y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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