ES CONTRADICTORIO, PERO…

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Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. (Ga 2:20)

 “Así como Pablo, Señor, quisiera sentir cada minuto, segundo, siempre, vivirlo siempre.”

Quisiera poder decirles que es así, pero el enemigo a través de la carne continúa afectando, contaminando mi vida, sustrayéndome del espíritu para traerme al terreno donde es fuerte. Y lo logra, pero porque aunque no parece saber que es el Espíritu quien mora en nosotros (falso, si lo sabe) igual intenta, porque sabe el nexo tan fuerte que tenemos con la carne, a través de los sentidos. (mundo).

Que no, que no quiero mi libre albedrío, que cada vez que lo utilizo me complico, no pasa mucho de tomarlo y ¡¡¡ZÁS!!! cometo una falta o pecado ASÍ de grande. Entonces, reconozco que no sirvo para manejar mi libre albedrío y se lo regreso a Quién me lo dio, le suplico que lo retenga. 

“Gracias pero no, mi Dios, te entrego mi libre albedrío porque como bien sabes, no sé administrarlo sin cometer errores. Te suplico lo retengas. Prefiero descansar en Cristo y dejar que el Espíritu Santo en mí sea quien haga, hable, piense, etc.” 

Sería más fácil. Pero fuera de lo pautado. Lo pautado es Jesucristo, y su sacrificio en la cruz, lo pautado es que creamos en Él, en su resurrección, en que es nuestro Salvador. El único mediador, camino, verdad y vida.

Mi vida se parece más a la que Pablo expone de él en Romanos 7:

14 Porque sabemos que la ley es espiritual; pero yo soy carnal, vendido bajo pecado. 15 Pues lo que hago, no lo entiendo, pues no hago lo que quiero; sino lo que aborrezco, eso hago. 16 Y si lo que no quiero, eso hago, apruebo que la ley es buena. 17 De manera que ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que mora en mí. 18 Y yo sé que en mí (esto es en mi carne) no mora el bien; pues el querer está en mí, pero el hacer el bien no. 19 Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, éste hago. 20 Y si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que mora en mí.

21 Hallo, pues, esta ley, que cuando quiero hacer el bien, el mal está en mí. 22 Porque según el hombre interior me deleito en la ley de Dios; 23 mas veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. 24 ¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? 25 Gracias doy a Dios por Jesucristo nuestro Señor: Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios; mas con la carne a la ley del pecado.

Pero no todo es así, he sido fortalecido contra ciertas faltas o pecados, que eran muy, pero muy comunes en mí, los cuales no podía evitar, los veía venir pero igualmente caía, se puede decir incluso, que los buscaba. Eran tentaciones exitosas, que lograban su cometido sin mucho esfuerzo. Bastaba que se presentara la ocasión y… ¡¡allá voooy!!

GLORIA A DIOS!!! hoy no sucede igual, pasa que no reacciono igual, que dejo pasar…, perdón, no sólo dejo pasar sino que, si es necesario, hago lo opuesto, aunque piense, o esté seguro de que me acarreará problemas, discusiones, malos ratos. No siempre… claro, todavía caigo muchas veces, no tantas como antes, pero demasiadas aún. Lo importante es no desviarte, y si por algún motivo sucede, arrepentirte, con arrepentimiento doloroso, sincero y volver al camino. Es lo que sucede… Y no es mi actitud, por lo tanto, seguro que no soy yo. Repito ¡¡¡GLORIA A DIOS!!!

Ahora, repito no crean que esto es siempre, estoy fortalecido, no inmunizado. Aunque espero y creo que en cuanto tengamos nuestro cuerpo glorioso…

Una de las razones-excusas más poderosas, para mí al menos, es evitar consecuencias. Al faltar voy a evitar momentos difíciles, malos ratos, juicios (errados o ciertos) por terceros, en fin, cualquier cosa que altere la “tranquilidad” del momento.

Otra razón-excusa muy común fue, “no hay nada de malo”. Si tenemos que hacer ese juicio antes de cualquier evento, seguramente sí hay algo de malo, o bien, oculto en mí o en mis motivos, y que si me lo planteo con transparencia, no voy a aceptar hacerlo; un ejemplo puede ser: porque sabemos que pudiéramos causar dolor a otros si lo hacemos y es hecho público (o sea que, aunque verdaderamente no haya maldad en el hecho mismo, es el egoísmo lo que nos autoriza a ello, sin importarnos el sentir de los demás).

Pero no pasa así con todo, sigo cometiendo faltas, pecados (claro, soy un humano), mi naturaleza humana defiende su posición e intenta mantener el control que siempre tuvo. El demonio siente que pierde su influencia, hegemonía y que los cristianos intentamos librarnos totalmente de él. Por ello somos o estamos en situaciones difíciles, por eso nos estorba todo lo que puede, por ello nos tienta continuamente, porque somos los que pierde, las ovejas que no quieren seguir a ese “y que” pastor que les llevaba al abismo, somos las que tienen un Pastor que les ama, que dio su vida por ellas, que las llama por su nombre y que está siempre con ellas.

Les sugiero hacer otro tanto, entregar el control a Quien sabe lo que hace. Permitir que el Espíritu Santo dirija vuestras vidas, que vaya transformándoles poco a poco. No es un asunto de hacer obras por nuestra cuenta, es permitirle, pedirle que Lo haga

Predicad

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Publicado el 17 septiembre, 2014 en Predicad y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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