RIQUEZA?… POBREZA?

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Riqueza o bonanza económica, ¿los favorecidos?

Es común el pensar, entre cristianos incluso, que aquellas personas que disfrutan de una buena posición económica, de una situación cómoda, han sido favorecidos por Dios por su dedicación, y que lo opuesto, ser pobre, es muestra de desaprobación divina. No es algo nuevo, ya los judíos tenían esa percepción.

Para muestra con un botón basta, dice un viejo dicho español, pero vamos a mostrar varios: Jesús habló en sentido opuesto, cuando mostró que las riquezas son un obstáculo para la salvación y por supuesto, para seguirle, pueden recordar el pasaje del joven rico, relatado por tres de los evangelistas Mt 19:16-30; Mc 10:17-31 y Lc 18:18-30; pero también podemos encontrar parábolas que indican este camino como la del rico insensato en Lc 12:16-21, o la de el rico y Lázaro en Lc 16:19-31.

El dedicarse a acumular riquezas y apoyarse en ellas para sentir seguridad, son signos de que la visión está puesta en este mundo, no en la promesa (“Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.” Lc 16:13), y a esto se refiere Jesucristo en las referencias del párrafo anterior, pero no siempre fue el caso que el poseedor de poder o riqueza, o ambos, fuese señalado como lo fue por Jesús.

En el Antiguo Testamento, abundan los versículos según los cuales la riqueza es símbolo de bendición de Dios, y puede ser así, aunque no siempre. Debemos tener claro que este tipo de riqueza, es usada por su poseedor como instrumento para el honor y gloria de Dios, por ejemplo, evitando que el pobre se sienta olvidado por Dios, o ayudando a llevar la palabra hasta los confines del mundo, confín que puede estar en un país que, efectivamente, se encuentra al otro lado del planeta, o tan cerca como la casa del vecino, es decir, hacer las cosas conforme a la voluntad de Dios. No siempre se cumple esta condición.

Además, la riqueza puede ser el punto de inicio para desear las riquezas de otro (envidia, avaricia), sentir desprecio por los que tienen menos (rebeldía a Dios, desamor al prójimo, altivez), sentirnos mejores que el resto, verlos como seres inferiores (orgullo, soberbia), o para pensar en ellos como máquinas de trabajo para acrecentar nuestra fortuna (avaricia, ruindad), etc., etc.

La apropiada posición frente a las riquezas es la de un administrador. No verlas como propias sino como pertenencias de Dios, de las cuales tenemos la misión de cuidar y administrar debidamente, conforme a Su voluntad y sin apego alguno.

La riqueza que no nos ata, aquella de la que nos desprendemos con absoluta y genuina generosidad porque estamos conscientes de que no nos pertenece, aquella que sólo administramos como siervos o mayordomos, obedeciendo las órdenes de nuestro Señor, aquella que sirve a los planes de Dios, esa, es la riqueza que no puede evitar que entremos por la puerta angosta.

Y tenerla es una grandísima responsabilidad, significa llevar un peso enorme, porque es tan fácil, pero tan fácil ir del plano espiritual al carnal, lo hemos comentado muchas veces, la carne nos hace sentir “buenos” por llevar a cabo obras “buenas”, nos engañamos con gran facilidad, fue lo que aprendimos de niños, “saber” distinguir lo “bueno” de lo malo y así, no recibir reprimendas a cada momento. Nos olvidamos quien es el Dueño y Señor de todo, incluida esa fortuna, que no es nuestra, y que debemos consultarle para manejarla; porque puede que aquel asunto que nos parece tan noble causa, no lo es y Dios lo sabe… y viceversa, aquello que creemos que pudiera ser una viveza, o una mala opción, a la que nosotros no aportaríamos un centavo, es la buena.

A pesar de lo antes dicho, no significa que ser rico sea prueba de estar extraviado, es difícil, sí, lo es, que lleguen a entrar al reino, al menos mientras vean la riqueza como importante, como propia.

La Pobreza “¿Los desaprobados por Dios?”

 Los pobres, son los receptores naturales de las buenas nuevas (Lc. 4:18).

La pobreza, nos facilita el buscar a Dios, ya que no tenemos nada en que apoyarnos, nos sentimos desvalidos y a merced de cualquier evento por insignificante que sea, por lo tanto, es más fácil de aceptar el depender y confiar en Dios para todo.

Hay quien maldice su condición de pobre y reclama a Dios por ello, también quien le culpa por cada cosa que sucede en su vida, o aquel que permite que su espíritu se llene de resentimientos, odios, tal vez iniciados por algún rico (…pobre de aquel que haga perder a uno de los míos…), o que busque salir de su pobreza por vías equivocadas, o… una lista infinita de etcéteras.

Ser pobres no es ninguna garantía de nada, si somos pobres pero no aceptamos a Cristo como nuestro único Salvador y Señor, ni creemos en que el Padre le resucitó, ya nos anotamos en la lista equivocada.

Y,… ¿entonces?

Sin embargo, siendo ricos o pobres, estamos expuestos igualmente a la carne, pecado, (no es necesario extendernos en este punto, verdad? Conocemos por la palabra, una pequeña pero conocida lista de obras de la carne o pecados. Ga 5:19-21) pero además tenemos las falsas apreciaciones, como por ejemplo: en vez de sentirnos soportados por Dios, confiar en nuestra propia fuerza para resolver los inconvenientes, como en el caso de intentar suplir algún tipo de deficiencias, veamos el siguiente ejemplo: cuando por nuestra iniciativa, duplicamos el esfuerzo realizado para obtener un resultado, material o espiritual, eso no importa, lo que importa es que estamos confiando en nosotros y no en Dios.

Menciono este ejemplo porque es tal vez, la falla más común, confieso que tropiezo muchas veces con este estorbo, me percato de que estoy actuando por mí, y si el mérito y gloria no son para Dios, lo más probable es que voy a pecar de orgullo, porque dejé la puerta abierta para pensar luego que si no hubiese sido por mi esfuerzo… Obras en la carne, como colaborar con un necesitado, que deja espacio para pensar que buenos somos… y tal vez esperar que otros lo piensen… y todavía hay un largo etc. Podría estar enumerando una lista de cosas que al no hacerlas en el espíritu, estaríamos dando cabida a cualquiera de los miembros de la famosa lista de Gálatas, o sea, faltando a alguno de los únicos dos mandamientos que nos dejó Jesucristo.

Atención a lo que sigue: Riqueza o pobreza deben ser como nuestro cuerpo, parte de nuestra vestimenta, y allí debemos mantenerles, no permitir que ninguna de ellas intervenga en nuestra vida espiritual, en nuestra dependencia total y absoluta a Dios, porque al final nada de eso nos llevaremos. Tampoco debemos dejarnos engañar por el enemigo, que usa la palabra a su conveniencia para disturbarnos, engañarnos y hacernos sentir mal, culpables cuando no lo somos.

Finalmente, las verdaderas riquezas, las que todos debemos desear con “ambición ilimitada” son aquellas que se nos permite acumular allá donde no serán perjudicadas por el orín, ni saqueadas por el enemigo, los frutos que recibimos del Espíritu Santo.

Entre menos dependientes o apegados seamos de las cosas de este mundo, más ricos seremos. Recuerden aquella frase de Agustín de Hipona “No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”

Dios les bendiga,

Predicad

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Publicado el 1 marzo, 2015 en Hiking Artist, Predicad y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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